La semana pasada en nuestro país se hablaba de un tal Ciro James, un espía que hacía supuestas escuchas telefónicas y que trabajaba en el Ministerio de Educación del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

En 1974 cuando acababa de hacerse público el Caso Watergate (sobre esuchas telefónicas) Francis Ford Coppola realizó “La Conversación”. Tuvo que soportar oir la acusación de oportunista ya que el guión lo había escrito años antes y había sido favorecida aunque no con mucho público. Para recordar, Coppola se encontraba en lo que sería su mejor momento y fue realizada entre El Padrino y Padrino II.

La película arranca con un larguísimo y lento picado, que poco a poco va fijando la cámara sobre una plaza concurrida de gente y revelando a los protagonistas; este caso Gene Hackman es Harry Caul un técnico profesional en seguridad privada, de por si el mejor y la envidia de todo el sector.

Contratado por el director de una empresa (Robert Duvall) para que grabe las conversaciones de dos de sus empleados, (uno de ellos, la mujer del director).

El trabajo de Harry es de gran nivel profesional y se apoya en su equipo de trabajo con micrófonos direccionales de alcance que para esa época serían lo más sofisticados en tecnología (recordemos que se había desentrañado el caso Watergate y que mucha gente del entorno político estaba en estado de paranoia por estos profesionales y sus métodos).

También  estos profesionales eran utilizados para la escucha de grandes compañías automotrices.

Pero la narrativa de la película, va a tomar forma cuando vemos a Harry (Hackman) encarnando a una persona que a pesar de tener mucho control y moverse con cautela comienza a mostrarse celoso de su trabajo y encontrar en su pasado que por esas escuchas mueren tres personas. Es cuando él piensa que puede volver a suceder y no está dispuesto a permitirlo.

Vemos a Harry como un católico que siente culpa por los daños colaterales causados por su profesión y se confiesa, su conciencia no lo deja tranquilo. Quiere terminar su trabajo y a la vez las voces de las conversaciones en la plaza se transforman como el le motiv de una pieza musical; bien hecho el trabajo de Coppola, incluso en la escena cuando mediante filtros y aparatos electrónicos se da cuenta que un asesinato está por suceder.

Por un lado teníamos el director, alguien que emocionalmente se encuentra en un abismo pero es poderoso y está muy custodiado (tiene seguridad y un perro doberman) y se situa en lo más alto de la ciudad de San Francisco; por el otro lado Harry Caul es alguien cauteloso pero a la vez insignificante ante el edificio donde se dirige a entregar las cintas de las conversaciones y de a poco va a comenzar sentirse inseguro, perseguido, y está desconfiando de sus colaboradores y hasta su amante ocasional.

El desenlace no es evidente, inclusive Coppola nos muestra el lento deterioro emocional por el que pasa Harry, en su sueño tratando de avisar a la mujer que se encuentra en un peligro inminente. Asumiendo su propia miseria (rompe los adornos pero deja por un instante el de una virgen que luego destruye como diciendo que esta su fe se ha quebrado. La destrucción de su casa sería la destrucción como persona.

James, un espía que hacía supuestas escuchas telefónicas y
que trabajaba en el ministerio de Educación. Aspirante a
integrar la nueva fuerza del gobierno de la ciudad.
En 1974 cuando acababa de hacerse público el Caso Watergate
(sobre esuchas telefónicas) Francis Ford Coppola realizó “La
Conversación”. Tuvo que soportar oir la acusación de
oportunista ya que el guión lo había escrito años antes y
había sido favorecida aunque no con mucho público. Para
recordar, Coppola se encontraba en lo que sería su mejor
momento y fue realizada entre El Padrino y Padrino II.
La película arranca con un larguísimo y lento picado, que
poco a poco va fijando la cámara sobre una plaza concurrida
de gente y revelando a los protagonistas; este caso Gene
Hackman es Harry Caul un técnico profesional en seguridad
privada, de por si el mejor y la envidia de todo el sector.
Contratado por el director de una empresa (Robert Duvall)
para que grabe las conversaciones de dos de sus empleados,
(uno de ellos, la mujer del director).
El trabajo de Harry es de gran nivel profesional y se apoya
en su equipo de trabajo con micrófonos direccionales de
alcance que para esa época serían lo más sofisticados en
tecnología (recordemos que se había desentrañado el caso
Watergate y que mucha gente del entorno político estaba en
estado de paranoia por estos profesionales y sus métodos).
También eran utilizados estos profesionales para la escucha
de grandes compañías automotrices.
Pero la narrativa de la película, va a tomar forma cuando
vemos a Harry (Hackman) encarnando a una persona que a pesar
de tener mucho control y moverse con cautela comienza a
mostrarse celoso de su trabajo y encontrar en su pasado que
por esas escuchas mueren tres personas. Es cuando él piensa
que puede volver a suceder y no está dispuesto a permitirlo.
Vemos a Harry como un católico que siente culpa por los
daños colaterales causados por su profesión y se confiesa,
su conciencia no lo deja tranquilo. Quiere terminar su
trabajo y a la vez las voces de las conversaciones en la
plaza se transforman como el le motiv de una pieza musical;
bien hecho el trabajo de Coppola, incluso en la escena
cuando mediante filtros y aparatos electrónicos se da cuenta
que un asesinato está por suceder.
Por un lado teníamos el director, alguien que emocionalmente
se encuentra en un abismo pero es poderoso y está muy
custodiado (tiene seguridad y un perro doberman) y se situa
en lo más alto de la ciudad de San Francisco; por el otro
lado Harry Caul es alguien cauteloso pero a la vez
insignificante ante el edificio donde se dirige a entregar
las cintas de las conversaciones y de a poco va a comenzar
sentirse inseguro, perseguido, y está desconfiando de sus
colaboradores y hasta su amante ocasional.
El desenlace no es evidente, inclusive Coppola nos muestra
el lento deterioro emocional por el que pasa Harry, en su
sueño tratando de avisar a la mujer que se encuentra en un
peligro inminente. Asumiendo su propia miseria (rompe los
adornos pero deja por un instante el de una virgen que luego
destruye como diciendo que esta su fe se ha quebrado. La
destrucción de su casa sería la destrucción como personaLa semana pasada en nuestro país se hablaba de un tal Ciro
James, un espía que hacía supuestas escuchas telefónicas y
que trabajaba en el ministerio de Educación. Aspirante a
integrar la nueva fuerza del gobierno de la ciudad.
En 1974 cuando acababa de hacerse público el Caso Watergate
(sobre esuchas telefónicas) Francis Ford Coppola realizó “La
Conversación”. Tuvo que soportar oir la acusación de
oportunista ya que el guión lo había escrito años antes y
había sido favorecida aunque no con mucho público. Para
recordar, Coppola se encontraba en lo que sería su mejor
momento y fue realizada entre El Padrino y Padrino II.
La película arranca con un larguísimo y lento picado, que
poco a poco va fijando la cámara sobre una plaza concurrida
de gente y revelando a los protagonistas; este caso Gene
Hackman es Harry Caul un técnico profesional en seguridad
privada, de por si el mejor y la envidia de todo el sector.
Contratado por el director de una empresa (Robert Duvall)
para que grabe las conversaciones de dos de sus empleados,
(uno de ellos, la mujer del director).
El trabajo de Harry es de gran nivel profesional y se apoya
en su equipo de trabajo con micrófonos direccionales de
alcance que para esa época serían lo más sofisticados en
tecnología (recordemos que se había desentrañado el caso
Watergate y que mucha gente del entorno político estaba en
estado de paranoia por estos profesionales y sus métodos).
También eran utilizados estos profesionales para la escucha
de grandes compañías automotrices.
Pero la narrativa de la película, va a tomar forma cuando
vemos a Harry (Hackman) encarnando a una persona que a pesar
de tener mucho control y moverse con cautela comienza a
mostrarse celoso de su trabajo y encontrar en su pasado que
por esas escuchas mueren tres personas. Es cuando él piensa
que puede volver a suceder y no está dispuesto a permitirlo.
Vemos a Harry como un católico que siente culpa por los
daños colaterales causados por su profesión y se confiesa,
su conciencia no lo deja tranquilo. Quiere terminar su
trabajo y a la vez las voces de las conversaciones en la
plaza se transforman como el le motiv de una pieza musical;
bien hecho el trabajo de Coppola, incluso en la escena
cuando mediante filtros y aparatos electrónicos se da cuenta
que un asesinato está por suceder.
Por un lado teníamos el director, alguien que emocionalmente
se encuentra en un abismo pero es poderoso y está muy
custodiado (tiene seguridad y un perro doberman) y se situa
en lo más alto de la ciudad de San Francisco; por el otro
lado Harry Caul es alguien cauteloso pero a la vez
insignificante ante el edificio donde se dirige a entregar
las cintas de las conversaciones y de a poco va a comenzar
sentirse inseguro, perseguido, y está desconfiando de sus
colaboradores y hasta su amante ocasional.
El desenlace no es evidente, inclusive Coppola nos muestra
el lento deterioro emocional por el que pasa Harry, en su
sueño tratando de avisar a la mujer que se encuentra en un
peligro inminente. Asumiendo su propia miseria (rompe los
adornos pero deja por un instante el de una virgen que luego
destruye como diciendo que esta su fe se ha quebrado. La
destrucción de su casa sería la destrucción como persona.


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